Un gran café

Era sábado, cercano a la media noche. Por motivos inesperados un velorio nos llevó a Peñaflor, ubicado entre Molina y Rio Claro. El pequeño puesto cercano a la Capilla ya había cerrado pero a lo lejos se divisaba el clásico letrero auspiciado por una fábrica de agua carbonatada con sabor caramelo.

Caminamos los cuatro rápido por el frío del camino que unía el centro de espiritualidad con el mercado. Al llegar, ni rastros de café. Ni vendis ni altos. Ni siquiera un cartel de café. La dependienta consulta nuestros deseos. Café y sandwiches preguntamos sin mucha fe. Piensa. Sabe que no es lo que vende con frecuencia y menos cercana a cerrar el local, pero entiende la oportunidad: “si”, nos responde. No pregunta tamaños ni sabores, no pregunta nombres para anotar en la taza: ella sabe que necesitamos y cuando, aun sin habernos visto en su vida y, probablemente, sin volver a vernos nuevamente.

Improvisa una mesa, nos atiende como si fuesemos su familia y nos presenta a sus dos pequeños perros que más parecen ovejas. Más allá de la grata presencia de los otros tres personajes de esta historia y del frio de aquella noche, ha sido uno de los mejores cafés que he tomado. Cuatro cafés aparecieron emparejados de un sandwich y compartimos. No solo entre nosotros y la dependienta, sino con todos los que se acercaron a comprar y nos deseaban buen provecho.

Ni Starsucks -Starvags- ni Starlight. Ni jóvenes ávidos de dinero ni reconocimiento. Personas simples, sencillas, amistosas y cordiales, personas que desconocidas y todo fueron naturalmente acogedoras, no por interés, sino por que les nace. Extrañaba eso y quise compartirlo con ustedes :-)

Si pasa por Peñaflor, pase donde Santa Carolina.

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