La represa: un bodrio

Quizá el título parezca fuerte, aunque como diría uno de los culpables del calculo -si, el que se apoyaba en hombros de gigantes- en cada fuerza existe una igual que se contrapone.

Acabo de volver de ver en la Cineteca Nacional -ubicada en el Centro Cultural Palacio de La Moneda– el estreno del “documental” La Represa dirigida por Rodrigo Salinas (ratoncito en el Club de la Comedia), agendado para las 20.00 horas de hoy. Llegué unos minutos antes y pude palpar el público asistente, en donde me sentí un extraño ya que al parecer todos se conocían. Como yo, vi a lo más unas 10 personas que iban por convocatoria y no tenían relación directa con quienes participaban en el “documental”. Me pareció extraño, extrañeza que aumentó al ver que en la propia sala cerca de la mitad de las butacas estaban reservadas, una de ellas, para un Ministro de Estado.

El título me llamaba, ya que cuando leí la programación de la Cineteca, la asocié de inmediato a algún documental de las centrales hidroeléctricas construidas, en construcción o en planes de. Esa primera percepción cayó rápidamente al ver el pendón que colgaron un par de minutos antes de la hora de inicio, donde aparecía la imagen de un tipo disfrazado de indígena. Desde luego mis expectativas las modifiqué, esperando por ver la sorpresa ante la imposibilidad de adivinar lo que vendría.

Comienza el “documental” y empieza la sucesión de tomas clichés y algo de humor, por lo que intento entender que será algo así como una comedia… pero no. Es cierto, tiene trozos de humor realmente buenos pero entre tanta caca en el relato, realmente no deja de aparecer como luces escasas en un oscuro tunel.

A medida que iban apareciendo “actores” en la pantalla, se sentían risas y uno que otro aplauso de sus cercanos, esto, sumado a la baja calidad de las tomas, y chistes forzados me hizo pensar en que estaba en la casa de un extraño viendo un video casero hecho por los niños de la casa a quienes se les ocurrió hacer “una pelìcula” con sus amiguitos.

Ahí mi estado de ánimo empezó a cambiar.

Empecé a cuestionarme como podían ocupar recursos como la sala de cine del supuesto Centro Cultural por excelencia y supuesto Centro del Cine Nacional en tal regocijo familiar-amiguista y aun más, perder la posibilidad de mostrar documentales que realmente aportaran algo, que dieran cuenta de algo, de al menos una realidad y no que fuera una constante toma de pelo a los asistentes. Es de esperar que no haya tenido más encima, recursos entregados por el estado para su realización.

Admito que me di el tiempo para darle una vuelta, pensar que es importante darle una oportunidad a los directores y comunidad cinematográfica emergente, también para cuestionarme si estaba siendo un tonto grave que no leía bajo el agua o que estaba exigiendo un Eisenstein… pero dentro del desarrollo no encontré la intención siquiera de que ese trabajo fuese valorado más allá que un video por agregar a la colección de videos caseros de la familia hecho el fin de semana con la handycam (y no!, no estoy hablando de Dogma 95).

A la salida, sentí que había perdido 45 minutos de mi vida.

Coincidí mientras subía a la superficie -no es metáfora de lo bajo que llegó todo, sino por que el Centro Cultural está bajo la superficie- con el Ministro de la SegPres José Antonio Viera-Gallo, a quien directamente le pregunté “que le pareció la obra”, “graciosa” me respondió. Un familiar suyo era parte del equipo. El se fue con su chofer a su auto. Yo regresé pensando en que pude estar en casa hace 45 minutos.

¿Recomendarla? nunca!. Salid a caminar, a charlar con amigos o duérmete una siesta mejor.

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